Causas históricas muy brasileñas explican la crisis del transporte

La reciente crisis que involucró a camiones, empresas de transporte y desabastecimientos diversos mostró a Brasil diversas cuestiones mal resueltas en nuestro país.
Intensas polémicas giraron en torno a las decisiones y acontecimientos de las últimas semanas. Independientemente de que nos pongamos a señalar con el dedo a quién tiene razón o no hoy en el actual escenario caótico en que vivimos, es importante mirar un poco al pasado y analizar cuáles fueron las “causas raíz” históricas que nos llevaron a esto. Son muchas y complejas. Analizarlas puede ayudarnos a intentar corregir las estructuras del presente y así cambiar el rumbo del futuro, para no volver a caer en las mismas trampas.
La primera causa raíz evidente es la dependencia histórica del transporte por carretera que se creó en Brasil. Esto fue fruto de decisiones de gestiones gubernamentales y empresariales que, durante más de 50 años, priorizaron las inversiones en carreteras y en vehículos automotores. Quedaron relegados a último plano otros modos, como el ferroviario y el acuaviario, ampliamente utilizados para el transporte de larga distancia en otros países.
Como consecuencia, hoy tenemos un país continental en el que el 61,1% del transporte de carga va por carretera, mientras que el 20,7% pasa por ferrocarril, el 13,6% por el sistema acuaviario (solo el 5% por los ríos), el 4,4% por ductos y el 0,4% por transporte aéreo, según datos recientes de la Confederación Nacional del Transporte (CNT) y del gobierno federal.
Es decir, somos muy dependientes del transporte por carretera, impulsado por combustible fósil que, como sabemos, es caro y sufre a diario las oscilaciones internacionales, que muchas veces son incontrolables, imprevisibles y repentinas.
Las variaciones del dólar y del precio del barril de petróleo impactan directamente en el costo de todo lo que se mueve en el país y, en consecuencia, en toda la cadena productiva y en la economía del país. Para tratar esta perversa ecuación, hemos alternado entre verdaderas “decisiones de Sophie”. ¿Contener los aumentos, dejando la cuenta a Petrobras? ¿Trasladar automáticamente todos los costos? ¿Subsidiar con dinero público? Los defensores de cada una de estas ideas señalarían sus pros, pero lo cierto es que todas cargan con muchos puntos en contra. Atrapados en la ecuación del modelo de transporte existente, difícilmente tendremos una solución sostenible.
Con esta herencia histórica como telón de fondo, nos encontramos con una crisis que paralizó el país y exigió acciones inmediatas para al menos recuperar un equilibrio momentáneo. En la discusión sobre esta cuestión, otros problemas estructurales quedaron en evidencia, recordándonos también que son “esqueletos en el armario” que esperan, desde hace décadas, ser tratados.
Diversas reivindicaciones se dirigieron a exenciones de impuestos y tasas: CIDE, PIS, COFINS, desgravación de la nómina, etc. Se hacen remiendos atropelladamente bajo una enorme presión, mientras nuestra anacrónica estructura tributaria se mantiene a lo largo de los años.
Pero la manta es corta, y alguien tiene que pagar la cuenta. Esta discusión sacó a la luz la cuestión del presupuesto público, que ya presenta un enorme déficit. Se trata de una discusión permanente, que va mucho más allá de las cuestiones planteadas en esta crisis. Y que rara vez pasa por enfrentar una causa raíz histórica: el elevado costo y la ineficiencia de la maquinaria pública. Un elemento que falta en esta ecuación sería el empleado por diversas empresas que, por ejemplo, adoptan el sistema lean, haciendo sus procesos más eficientes y ahorrando recursos a diario. Pero como los gobiernos brasileños históricamente nunca lograron recortar “en carne propia” sus desperdicios, dar “subsidios aquí”, como se decidió, terminará exigiendo “cobrar allá” (más impuestos, etc.).
En gestión, en lugar de quedarse trabajando los síntomas, como tanto se hace en Brasil, tanto en el área pública como en la privada, lo más eficaz es analizar las causas raíz de los problemas y, así, atacarlas mientras todavía son pequeñas, para solucionarlas de forma definitiva, antes de que los problemas se vuelvan grandes e incontrolables.
Esperamos que tanto nuestros gobernantes como nuestros líderes empresariales piensen en esto en sus decisiones y acciones, no solo en transporte, sino en cualquier otra cuestión fundamental para el buen funcionamiento del país.