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La innovación no es una idea, es gestión

El país produce conocimiento, patentes e investigación, pero aún falla en convertir la invención en valor económico y ventaja competitiva

Brasil presentó más de 25 mil solicitudes de patentes de invención en 2023. A primera vista, la cifra sugiere dinamismo. Sin embargo, el informe “Panorama Nacional de Depósitos de Patentes no Brasil (2000–2023)”, divulgado por el Observatorio de Innovación y Emprendimiento del Insper en marzo de 2026, revela un cuadro menos favorable: el 80,4% de estas patentes son de origen extranjero. Entre las nacionales, la mayor parte proviene de universidades e instituciones de investigación.

En 2024, 37 de los 50 mayores solicitantes eran instituciones académicas, frente a solo 11 empresas. La lectura adquiere más contexto en la cobertura de Época NEGÓCIOS, que explicita un punto central: el país tiene capacidad para generar conocimiento, pero dificultad para llevarlo al mercado.

El problema, por lo tanto, no parece estar en la “invención”, sino en su conversión en valor real. La mayor parte de estas patentes no se transforma en un producto, servicio o proceso con impacto económico; permanece protegida, pero económicamente inerte.

En el centro de esta brecha hay una confusión recurrente en las organizaciones. “Invención” es la creación de algo nuevo, ya sea un concepto técnico, un prototipo o una patente. La “innovación” solo se materializa cuando esa creación se incorpora a la práctica y produce un efecto medible, ya sea en ingresos, eficiencia, calidad o ventaja competitiva. Sin impacto económico, no hay innovación. Solo hay potencial no realizado.

Esta definición gana precisión cuando se observa la formulación clásica de Joseph Schumpeter, economista austroestadounidense que trató la innovación como motor fundamental del desarrollo económico. Para él, innovar es introducir nuevas combinaciones en la economía real, lo que incluye nuevos productos, nuevos procesos productivos, nuevos mercados, nuevas fuentes de insumos o nuevas formas de organización.

En términos actuales, esto se traduce en tres frentes principales dentro de las empresas: innovación en producto, cuando se altera la oferta; innovación en proceso, cuando se transforma la forma de operar; e innovación en el modelo de negocio, cuando se redefine la lógica de generación y captura de valor. La innovación es un fenómeno económico y organizacional, no solo tecnológico.

Esta distinción permite encuadrar el caso brasileño con más rigor. El país produce invención, pero no sostiene el proceso que la transforma en innovación en estas diferentes dimensiones. Entre una y otra existe un sistema que necesita operar de forma integrada. Es precisamente este sistema el que presenta fallas recurrentes.

Parte de la explicación está en la forma en que estructuramos la producción de conocimiento. El avance de las universidades en la solicitud de patentes fue relevante, impulsado por políticas públicas y métricas académicas. Sin embargo, el incentivo a la protección intelectual no siempre va acompañado de viabilidad de aplicación.

Muchas tecnologías se desarrollan sin una conexión clara con las demandas del mercado. Del lado de las empresas, el movimiento complementario tampoco se ha consolidado. La capacidad de absorber, desarrollar y explotar la propiedad intelectual todavía es limitada. El resultado trágico es un desalineamiento estructural entre quienes generan conocimiento y quienes podrían transformarlo en negocios.

Este desalineamiento se agrava por una limitación más fundamental. Los modelos de gestión tradicionales no sostienen el ciclo completo de la innovación. Es común tratar la innovación como una iniciativa paralela, apartada de la estrategia y de la operación del día a día.

En este esquema, las ideas se desarrollan fuera del “flujo principal” y luego necesitan incorporarse a un sistema diseñado para optimizar la eficiencia, la previsibilidad y el control. El desenlace tiende a ser previsible: rechazo, retraso o dilución ante las exigencias cotidianas de la organización.

La lógica lean ofrece un contrapunto relevante. La innovación no comienza con ideas, sino con problemas concretos que necesitan resolverse. A partir de ellos, los equipos investigan causas, prueban hipótesis y desarrollan alternativas de solución con base en el método científico. Cuando este ciclo se conduce bien, la innovación deja de ser un elemento externo y pasa a ser el resultado del propio funcionamiento del sistema de gestión. Esto aumenta la probabilidad de aplicación, porque la solución ya nace conectada a la operación y a la necesidad real.

En ausencia de esta lógica, el patrón se repite. Las iniciativas se traban en estructuras burocráticas, las decisiones se pierden en capas jerárquicas y las soluciones no encuentran adherencia a las necesidades reales de la organización y del mercado. El resultado es el desperdicio de conocimiento y la subutilización de talentos. El propio informe del Insper refuerza este punto al indicar que el país cuenta con una masa crítica de investigadores e inventores, pero no logra convertir este activo en ventaja competitiva.

Los patrones de liderazgo y de comportamiento organizacional amplían este problema. La innovación depende de un ambiente donde los problemas puedan exponerse, analizarse y tratarse con rigor. Las estructuras basadas en comando y control tienden a inhibir este comportamiento. Los líderes orientados exclusivamente por resultados de corto plazo comprimen el espacio para la experimentación y el aprendizaje. Sin ello, el sistema deja de generar conocimiento nuevo y pasa a solo repetir patrones existentes.

La innovación permanece desconectada de la estrategia, la integración entre empresas y universidades es limitada, la colaboración es episódica, no hay una gestión estructurada del portafolio y faltan líderes capaces de traducir el conocimiento técnico en oportunidades de negocio. Con el avance de la IA generativa que estamos viviendo, este desequilibrio tiende a acentuarse. El volumen de ideas aumenta rápidamente, mientras que su conversión en aplicaciones concretas sigue condicionada a la calidad de la gestión.

Quizás la respuesta no esté en ampliar la generación de ideas, sino en cualificar el sistema organizacional que las transforma en valor. Esto implica situar la innovación en el centro de la estrategia, con una conexión directa con las prioridades del negocio; estructurar mecanismos efectivos de colaboración con universidades y startups; desarrollar líderes con visión sistémica; proteger tiempo y recursos para la experimentación disciplinada; adoptar métricas que combinen el desempeño financiero con el aprendizaje; y utilizar la IA para acelerar la aplicación, no solo la creación.

La brecha fundamental es explícita. Brasil no tiene un problema de creatividad, sino de gestión de la innovación. Mientras la invención no sea tratada como insumo de un sistema orientado a la aplicación, el país seguirá generando conocimiento que no se convierte en valor económico. La innovación, en el sentido schumpeteriano, no es la idea en sí, sino su inserción efectiva en la dinámica económica.

Es justamente esta conexión eficaz la que nos falta. Sin ella, la productividad se estanca, la competitividad se deteriora y el crecimiento pierde sustento. Tratar esta brecha como prioridad no parece opcional. Recordemos siempre que es exactamente esto lo que define la capacidad de un país para transformar el conocimiento en prosperidad.

Este artículo fue publicado originalmente en: Época Negócios

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