Hazlo Lean EDUCACIÓN

La ilusión de las definiciones precoces

Lo que se observa en los equipos con mejor desempeño es que no comienzan con respuestas claras, sino con un campo más abierto

Una visión todavía bastante presente en las empresas sostiene que los equipos eficientes son aquellos que, al iniciar un proyecto, logran definir con precisión el problema que se debe resolver. A partir de ahí, el trabajo ganaría claridad, ritmo y estabilidad, creando las condiciones para obtener resultados superiores. Sin embargo, la evidencia empírica reciente apunta en otra dirección.

Un estudio publicado en MIT Sloan Management Review analizó el desempeño de cientos de equipos a lo largo de sus proyectos. Los resultados son consistentes: los equipos que comenzaron con un menor nivel de claridad sobre lo que estaban enfrentando, pero desarrollaron ese entendimiento a lo largo del trabajo, alcanzaron tasas de implementación superiores al 80%. En cambio, aquellos que partieron de definiciones aparentemente precisas presentaron un desempeño significativamente inferior, en torno al 50%.

Lo que se observa en los equipos con mejor desempeño es un comportamiento distinto. No comienzan con respuestas claras, sino con un campo más abierto. Al principio hay una disposición a explorar, probar interpretaciones y reformular aquello que se está tratando como problema. Este período no es necesariamente ordenado ni lineal, pero cumple una función esencial: amplía la calidad del entendimiento antes de cualquier compromiso con una solución.

Esta dinámica contrasta con la forma en que suele practicarse la gestión. Existe una tendencia recurrente a exigir una definición temprana, una alineación rápida y respuestas anticipadas. En entornos estables, este enfoque puede funcionar. Sin embargo, en contextos de mayor incertidumbre, acorta el proceso de comprensión de la realidad y transfiere la complejidad a las fases posteriores del proyecto.

El pensamiento lean ofrece una lectura más rigurosa de este proceso. El punto de partida no es la definición del problema, sino la profundización de su entendimiento. Esto exige tener contacto directo con la realidad, observar cómo ocurre de hecho el trabajo y confrontar, de forma disciplinada, percepción y hechos. A lo largo de este recorrido, las interpretaciones iniciales se prueban, se revisan y se refinan. Por eso, la formulación del problema no es un dato inicial, sino una construcción que se consolida a partir de evidencias.

En el desarrollo de productos y procesos, esta lógica adquiere una forma más explícita. En lugar de converger rápidamente hacia una única solución, los equipos mantienen las alternativas abiertas durante más tiempo. Se exploran, comparan y prueban diferentes caminos a medida que avanza el conocimiento. Las elecciones se producen de forma progresiva, a medida que se acumulan evidencias. Cuando se toma la decisión, esta ya se apoya en una base más consistente.

Este tipo de enfoque altera la forma en que el tiempo y el desempeño se relacionan a lo largo del proyecto. El avance inicial puede parecer más lento, porque hay una mayor inversión en entendimiento, exploración y aprendizaje. Sin embargo, en la práctica, ese tiempo se recupera más adelante. Al evitar decisiones prematuras, se reduce la necesidad de revisiones, correcciones y retrabajo en las fases más avanzadas, cuando los cambios se vuelven más costosos. El proyecto no necesariamente gana velocidad al principio, pero gana consistencia a lo largo del recorrido.

La mayor dificultad, quizás, no esté en comprender este principio, sino en ponerlo en práctica. Permanecer, aunque sea por un período, sin una definición clara del problema exige madurez gerencial. Implica tolerar la incertidumbre mientras se construye el entendimiento y sostener un proceso que no siempre ofrece respuestas inmediatas. Para muchas organizaciones, esto choca con la lógica dominante de control, previsibilidad y necesidad de definiciones tempranas.

Aun así, la implicación es clara. En contextos en los que el problema no está dado, anticipar su definición significa decidir con base en un entendimiento todavía incompleto. El resultado tiende a aparecer más adelante, en forma de ajustes, revisiones y retrabajos. No se trata de postergar decisiones, sino de tomarlas cuando ya existe una base suficiente para sostenerlas. Sin ello, la organización no decide mejor. Solo decide antes de tiempo.

Al final, la diferencia no está en trabajar más rápido o más despacio. Está en saber cuándo ya se entiende lo suficiente para avanzar sin tener que retroceder después. En contextos más inciertos, intentar ganar tiempo al principio suele solo trasladar el problema hacia adelante, cuando corregir se vuelve más difícil y más costoso. Avanzar con consistencia depende menos de la velocidad y más de la calidad del entendimiento que sustenta cada decisión.

Este artículo fue publicado originalmente en: Época Negócios

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