La sobretasa al acero y al aluminio es un típico proteccionismo “antigestión”

No deja de ser una paradoja notar que EE. UU. – la mayor economía del mundo, símbolo de tecnologías de punta, competitividad e innovación – haya mostrado la semana pasada una cara tan contraria a la gestión eficiente.
Entre los diversos impactos negativos para la economía mundial y para el propio país en cuestión, la imposición de un arancel adicional a las importaciones de acero y aluminio a EE. UU., anunciada oficialmente la semana pasada por su presidente, Donald Trump, trae un componente claramente malo más: un brutal desincentivo a la buena gestión.
Este acto, muy criticado en todo el mundo, también transmite un mensaje, quizás implícito, subliminal, pero real, que dice que, en lugar de estimular y trabajar para que, por ejemplo, las siderúrgicas estadounidenses tengan una mejor gestión y sean más eficientes, competentes y competitivas, es más “fácil” imponer, por la fuerza de la ley, una restricción a la entrada de productos competidores.
En este contexto, el incentivo para que las siderúrgicas locales mejoren sus modelos de gestión se vuelve tibio o incluso frío. ¿Para qué gastar esfuerzos, tiempo y energía en desarrollar nuevos productos y procesos y eliminar o mejorar procesos productivos malos, llenos de desperdicios, que hacen que los productos sean peores y más caros, si hay barreras que los protegen?
En la historia de la economía mundial no son pocos los ejemplos en que el proteccionismo gubernamental terminó creando o reforzando “islas” de ineficiencia, de atraso y de rezago tecnológico. Incluso en Brasil hemos tenido y tenemos diversos ejemplos en esta área. Durante décadas, el proteccionismo brasileño en determinadas áreas – por ejemplo, en la industria automotriz y en la informática – generó enormes brechas tecnológicas y de gestión, perjudicando la calidad y la competitividad de nuestros productos y empresas.
Del otro lado de la moneda, tampoco son pocos los ejemplos de empresas en EE. UU., en Brasil y en diversas otras partes del mundo que mejoraron sus modelos de gestión, eliminando costos de millones de dólares en desperdicios, generando mayor agregación de valor en lo que ofrecen a los clientes y volviéndose más competitivas en un mercado globalizado.
En las empresas que adoptan el sistema lean, vemos cientos o incluso miles de casos así. Ejemplos de organizaciones que logran vencer a la competencia porque se volvieron mejores, interna y cotidianamente, independientemente de leyes o de otros contextos proteccionistas, ya sean legales, políticos, económicos o sociales.
Este proteccionismo reciente del gobierno estadounidense no deja de ser una paradoja, porque hay una fuerte trayectoria histórica en EE. UU. relacionada con la gestión, que ha generado referencias teóricas y empresariales que se difundieron por el mundo.
Además de las consecuencias negativas ya ampliamente discutidas, como el posible desencadenamiento de una guerra comercial, quizás el daño más serio que trae esta medida sea para los propios Estados Unidos. Es el mensaje, ilusorio, que queda: no es necesario buscar ser eficiente ni innovar. Podemos compensar un rezago por otros medios que no sean la buena gestión.
Movimientos como este pueden incluso traer la sensación de algún resultado momentáneo, pero a largo plazo terminan cobrando un precio muy alto, que es el rezago y la laxitud de los mecanismos de gestión y de la evolución tecnológica y organizacional. La única forma sostenible de progreso – de grupos de trabajadores, empresas, sectores o países – es agregar valor a sus productos, de forma cada vez mejor. Esto, afortunadamente, hasta hoy nadie ha logrado revocarlo con simples decretos.