Hazlo Lean ADMINISTRACIÓN PÚBLICA

Las empresas necesitan (y pueden) hacer su parte para “dar vuelta el partido” contra la corrupción

Siempre hay opciones, siempre que se tengan principios sólidos y la determinación de enfrentar las consecuencias

Líder lean

El país todavía digiere, con el estómago revuelto, las revelaciones de JBS. Si la delación premiada de Odebrecht ya era vista como “el fin del mundo”, ¿qué sería esta, entonces? Ambas involucran a las mayores empresas de sus sectores y a políticos de alto rango, de los más variados partidos.
Los hechos han llevado a un importante debate sobre el lado del poder, con propuestas de reformulación del sistema de partidos, por ejemplo. Otras atacan la neurálgica interfaz político-empresa, en lo que se refiere al financiamiento de campañas y los favores derivados.

Todo esto se discute exhaustivamente en los medios, aunque avanza a pasos muy lentos. Se necesitan cambios radicales, pero se siguen postergando. El momento exige también una reflexión sobre el lado de las empresas, su papel en esta “simbiosis del mal” y sobre cambios radicales que, a pesar de que ni siquiera han comenzado, también son necesarios cuanto antes. Analicemos algunos aspectos.

Por un lado, tenemos empresas cuyos fundadores o controladores habrían adoptado deliberadamente como modelo de negocio las relaciones de corrupción con el poder, para obtener todo tipo de beneficios, haciendo crecer rápidamente sus empresas. Otras se organizarían en carteles y acordarían formas de obtener contratos sobrefacturados, comprando la colaboración de quienes deberían impedir estos arreglos. Conseguirían así altas ganancias, sin necesidad de invertir en eficiencia. Estos modelos son casos de policía, no de gestión. Afortunadamente, empiezan a ser desenmascarados.

Por otro lado, tenemos a la gran mayoría de las empresas, que en principio buscan actuar de manera ética en el mercado, prosperando por su competencia. El problema es que esa determinación se pone a prueba en las más diversas interacciones con el Estado, lo que resulta en la retroalimentación del sistema en las cosas pequeñas y grandes.

Algunos presentan a las empresas exclusivamente como víctimas: “No hay otra manera de hacer negocios”. No estoy de acuerdo. Siempre hay opciones, siempre que se tengan principios sólidos y la determinación de enfrentar las consecuencias. Y estas no son pocas. Ahí está la dificultad.
Empecemos por el “por mayor”. Empresas cuyos negocios, a gran escala, dependen de contrataciones, financiamientos o regulaciones del gobierno. Por regla general, son presionadas por agentes: o pagan el “peaje” o nunca ganarán los contratos. Muchas entran en el juego.

Algunas, incluso, terminan gustándole y pasan a convertirlo en una fuente de ganancias adicionales. Existen diversos casos ya comprobados en que directivos de multinacionales “explicaron” a sus casas matrices que, en Brasil, tiene que ser así. Una versión moderna del “no existe pecado al sur del ecuador”. El camino más difícil de denunciar y buscar alternativas ha sido hasta ahora la excepción. Esperamos que el ambiente actual permita que más empresas empiecen a romper el cerco.

Un ejemplo de actitud alternativa puede tomarse de las propias campañas políticas, que generan millones para los publicistas y son un gran mercado para el sector. Algunos podrían argumentar que “no hay cómo no entrar en este juego que nos imponen”. Claro que lo hay. Algunas agencias y publicistas renombrados tienen incluso como principio no trabajar para políticos. Además de no querer “vender” a un político como producto a los electores, sin duda quieren mantenerse lejos de los esquemas que en general rodean a estas campañas.

Además del “por mayor”, tenemos el “por menor” de la corrupción. Si bien mueve valores menores, su capilaridad genera daños quizás incluso mayores. Toda empresa se ha visto alguna vez en una situación en la que depende de innumerables aprobaciones de organismos federales, estatales o municipales. En cada situación, las condiciones oscuras de regulaciones dudosas, la demora y la burocracia generan oportunidades de corrupción, ya sea por parte de agentes públicos, extorsionando sobornos para liberar, o por parte de las empresas, para pasar por encima de multas o requisitos que no cumplen. Cuántos gerentes no habrán argumentado: “vamos a pagar algunas decenas de miles de reales, pero vamos a evitar la pérdida de centenas”.

Una lógica empresarial de inversión y retorno, pero que vulnera un valor innegociable, que es uno de los pilares de las empresas competitivas: la ética en los negocios. La transgresión en las cosas “pequeñas” genera una debilidad de valores que evoluciona hacia las “grandes”. Incluso la corrupción de empleados contra la propia empresa. La única forma de que una empresa sea rentable de manera honesta y sostenible es agregando valor para los clientes y siendo más eficiente cada día. No existe atajo para ello, y esperamos que los que existen sean cerrados.

No tengo ninguna solución mágica. No es nada fácil para una empresa o un empresario decir no al sistema. Se necesita mucho coraje. Los movimientos sectoriales y en grupo ayudarían mucho. Si se cierra el grifo de un lado, no brotará del otro.

No sé si soy demasiado ingenuo al esperar que esto ocurra algún día y que un gran movimiento empresarial empiece a cambiar el juego. Así como todos nosotros, como ciudadanos, esperamos que el sistema político cambie. Pero solo nos queda soñar y hacer nuestra parte, presionando a los políticos, pero también cambiando nuestras propias actitudes en el día a día.

En los aspectos generales, solo los movimientos sociales podrán exigir el cambio del ambiente de relación entre políticos y empresas. Dentro de las empresas, también podemos actuar, poniendo fin a esta forma de actuación, no aceptando y denunciando cualquier indicio de corrupción. En las cosas grandes y en las pequeñas. 

Este artículo fue publicado originalmente en: Época Negócios

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