Olimpiadas en Río: una oportunidad perdida
Estuve en Río de Janeiro por trabajo la semana pasada. En la recepción del hotel, una turista inglesa le preguntaba al recepcionista si era peligroso caminar por la Avenida Atlântica. Esto a las 19 h, en pleno miércoles. La respuesta fue aparentemente tranquilizadora: “sí, es seguro caminar por aquí a esta hora”. Pero la turista no pareció satisfecha.
Intenté ayudar, proporcionando algunas informaciones. La preocupación de la turista se debía al mosquito del dengue, el zika y el chikungunya. Pero también a la superbacteria recientemente descubierta que estaría presente en algunas playas de Río. Y también a la seguridad. El recepcionista pareció incapaz de entender bien y no parecía estar preparado para dar la información correcta.
En medio del intento de dar una respuesta honesta, me quedé reflexionando sobre cómo un momento extraordinario como la realización de los Juegos Olímpicos en Brasil puede estar cargado de hechos tan negativos.
Poco tiempo antes, yo había ido del aeropuerto al hotel y había sido testigo de una ciudad altamente patrullada por los recién llegados policías superarmados y equipados de la Fuerza Nacional, la élite de la policía brasileña. Daba la impresión de que estábamos en una guerra, y no ante un evento deportivo que se acerca.
Al fin y al cabo, el 5 de agosto el mundo entero estará atento a la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de 2016 en el estadio de Maracaná, el evento deportivo más importante del mundo. Sería la gran oportunidad para que Brasil mostrara una nueva imagen al mundo y una capacidad de organización por la que no somos conocidos. Muy por el contrario, nuestra reputación como un país donde las cosas no funcionan es sobradamente reconocida.
Pero esa oportunidad ya se perdió. Tanto la de organizar un evento de forma ejemplar como la de dejar una contribución duradera para la ciudad y para el país. La organización de un evento de esta magnitud exige una coordinación compleja, pues involucra a autoridades gubernamentales de los niveles federal, estatal y municipal, confederaciones deportivas, el Comité Olímpico, el Comité Organizador, proveedores privados y empresas que representan intereses comerciales, entre tantas otras organizaciones, en un intenso esfuerzo de planificación y ejecución.
En Río, los problemas siguen apareciendo cada día. Obras para la realización de las competiciones entregadas a última hora. Corrupción por dondequiera que se mire. Obras sobrefacturadas, innumerables elefantes blancos que se deteriorarán en los meses y años siguientes al evento. Una ciclovía millonaria recién inaugurada que no resistió la primera ola más alta.
La recuperación del medio ambiente, una de las grandes promesas, abandonada. La ciudad impresiona tanto por sus bellezas naturales como por la suciedad y la contaminación de los ríos y del mar.
Ni siquiera fuimos capaces de garantizar la realización de los exámenes antidopaje. Se enviarán a Suiza, a pesar de la inversión millonaria realizada. El gobierno del estado decretando su propia quiebra a pocas semanas del inicio del evento, incapaz de cumplir compromisos esenciales, como el pago de los salarios de los funcionarios públicos, y logrando cubrir sus gastos mínimos solo con R$ 2000 millones de ayuda de emergencia del gobierno federal.
Inseguridad cada vez mayor, con insatisfacción pública de los agentes de seguridad y huelga de policías que les dicen a los turistas que no garantizan su seguridad y les dicen “no vengan”. Colapso de los servicios públicos estatales de salud. Transporte público sin gran parte de las mejoras prometidas. Trabajadores de la educación en huelga desde hace meses.
Lo que más se vio fueron planes sin consistencia, ejecuciones temerarias y liderazgos cuestionables. Claro que se puede alegar que la profundidad de la crisis económica no estaba prevista. Pero eso no exime la tremenda falla de planificación y organización. Hacer un gran evento deportivo es incluso posible en medio del caos y la desorganización. Se construyen obras aquí y allá – al fin y al cabo, lo que no faltan son constructoras ávidas de obras con dinero público y políticos sacando su tajada. Se convoca un apoyo especial para tener un mínimo de seguridad. Se dan vacaciones colectivas a los empleados de las empresas para descongestionar un poco el transporte… Y listo, ahí tenemos un evento que da la apariencia de estar mínimamente organizado, al menos para verse en las imágenes de televisión enviadas a todo el mundo.
Pero ¿y encaminar soluciones para los problemas más profundos de la ciudad, el llamado legado? ¿No era eso lo que se prometió y lo que se quería con la Copa del Mundo y con los Juegos Olímpicos?
¿Y el prestigio internacional que tal evento traería al país? ¿Y el incremento sustancial del turismo? ¿Y el cambio de imagen y de reputación del país?
Al final de cuentas, tendremos una enorme desilusión y vergüenza. Esa fue la reflexión que tuve cuando la turista extranjera me preguntó si sería posible circular por la ciudad con una garantía mínima de su seguridad.
Sentí una enorme frustración. Me di cuenta de que habíamos perdido una inmensa oportunidad de mostrar al mundo cuán capaces somos de resolver problemas y mejorar nuestra ciudad más famosa. Pero que, una vez más, habíamos perdido esa oportunidad.
Me habría gustado poder decir: bienvenida, disfrute de nuestra ciudad más bella y aproveche los mejores Juegos Olímpicos de la historia. Pero tuve que tragar saliva y sentir el sabor amargo de un fracaso más. Esperamos que el evento deportivo en sí sea un éxito, con récords batidos, competiciones emocionantes y medallas para atletas brasileños, reduciendo parte del daño y de la mala impresión.
No habrá una transformación de la ciudad como se podría esperar. Y probablemente los legados serán pocos y dudosos. Pero los costos serán muy pesados y duraderos. Como aprendizaje, podemos reconocer el bochorno, no creer que hacer un bochorno así es normal y ver lo que hay que hacer para que no vuelva a ocurrir, incluso sin que haya una oportunidad de oro.
Y ni siquiera hace falta. Una ciudad limpia, organizada, con transporte adecuado, seguridad, salud pública, educación, etc., debe ser tarea de los gobiernos. Con o sin Juegos Olímpicos u otro gran evento. Pero, por lo visto, seguiremos siendo el país de las evasivas, de patear el problema hacia adelante, de la falta de planificación, de la incapacidad de ejecución, de la megacorrupción y de la impunidad.
Seguir creyendo que así es como hacemos las cosas aquí y que debemos seguir de este modo es el camino seguro para seguir teniendo un país incapaz de resolver sus problemas básicos.