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Lecciones del deporte y de la música: liderazgo es hacer que el otro 'juegue bien'

En el deporte o en la música, no es la improvisación lo que sostiene el desempeño, sino la solidez de la base sobre la que se apoya

En las últimas décadas, diferentes modalidades deportivas nos han ofrecido ejemplos notables sobre el impacto del liderazgo en el desempeño de los equipos. Más que la táctica o la motivación, estos casos evidencian el papel central del líder en la construcción de equipos consistentes y capaces de alcanzar la excelencia incluso en escenarios de adversidad.

Un ejemplo reciente viene del fútbol brasileño. En el Mundial de Clubes de la FIFA de 2025, Fluminense llegó a las semifinales contra todo pronóstico. No era el equipo con la plantilla más valiosa, ni el favorito de los medios o de los analistas. Aun así, superó a rivales con mayor poder económico y visibilidad internacional. Una parte significativa de esa trayectoria se ha atribuido al desempeño de su técnico, Renato Gaúcho.

Renato, además de exjugador de élite, figura en el selecto grupo de profesionales que conquistaron la Copa Libertadores como atleta y como entrenador. Su conducción en el Mundial refuerza un punto clave: el papel del liderazgo como catalizador del desempeño sistémico. Con recursos limitados en comparación con los clubes europeos, fue capaz de construir coherencia táctica, confianza en la plantilla y claridad de propósito – atributos que trascienden el fútbol y dialogan con los desafíos contemporáneos de la gestión.

La analogía es pertinente. En contextos organizacionales, los líderes tampoco “entran a la cancha” en la ejecución directa de las tareas, pero su impacto es decisivo en la creación de un ambiente propicio para resultados consistentes. Son responsables de definir direcciones estratégicas, asignar capacidades, desarrollar competencias y, principalmente, estructurar sistemas de trabajo que permitan a los equipos operar en niveles superiores de autonomía y calidad.

El mundo de los deportes ofrece otros ejemplos emblemáticos. Phil Jackson, al frente de los Chicago Bulls, llevó al equipo a seis títulos de la NBA. No solo por contar con talentos como Michael Jordan, sino por desarrollar una filosofía de liderazgo basada en la cohesión, la confianza mutua y la claridad de roles. Bill Belichick, en la NFL, construyó una dinastía con los Patriots por medio de rutinas consistentes, uso intensivo de datos y foco en el trabajo en equipo – principios perfectamente aplicables al liderazgo en el ambiente corporativo.

Sin embargo, no todo liderazgo está al margen de la cancha o en el banco de suplentes. En muchos casos, se manifiesta en el propio juego, en la figura de atletas que asumen la responsabilidad de organizar, orientar e inspirar a sus compañeros en tiempo real. Son liderazgos técnicos y comportamentales que no dependen del brazalete de capitán ni de discursos encendidos, sino que se expresan en la postura, en el ejemplo y en la capacidad de hacer que el equipo rinda más con su presencia.

En el mismo Fluminense citado, jugadores como Felipe Melo o Marcelo – ambos con trayectoria internacional – ejercieron ese papel, ayudando a sostener el equilibrio emocional del equipo, corrigiendo posicionamientos en la cancha y reforzando la unión del grupo incluso bajo presión.

Fuera del deporte, este tipo de liderazgo también se revela con claridad. En el universo de la música, por ejemplo, directores de orquesta como Leonard Bernstein o productores como Quincy Jones fueron responsables de conectar talentos distintos en torno a un mismo propósito. Jones, al producir álbumes como “Thriller”, de Michael Jackson, no solo organizó arreglos y estructuras musicales – creó las condiciones para que músicos y técnicos trabajaran de forma coordinada y eficiente. Su liderazgo era discreto, pero decisivo: conectaba habilidades diferentes para alcanzar un resultado superior. Así como en las organizaciones, se trata de comprender que el papel del líder es viabilizar el desempeño del grupo, y no ocupar el centro de las atenciones.

La dinámica colaborativa de algunas bandas de rock también ofrece un campo fértil para identificar liderazgos menos visibles, pero esenciales – aquellos que organizan e integran el talento de los demás miembros. John Paul Jones, en Led Zeppelin, hilvanaba arreglos complejos y daba base al virtuosismo de sus compañeros. George Harrison, en los Beatles, conciliaba egos, aportaba equilibrio emocional y contribuciones musicales sofisticadas, sin buscar el centro de la escena. David Gilmour, al asumir las guitarras de Pink Floyd tras la salida de Syd Barrett, aportó estabilidad y transformó ideas visionarias en obras musicales palpables. En todos estos casos, el liderazgo se manifestaba no en el mando directo, sino en la capacidad de hacer que los demás “tocaran mejor”.

La diversidad de estos ejemplos – provenientes del deporte, de la música y de otras formas de actuación en grupo – revela un patrón común: liderar no se trata de dominar, sino de crear las condiciones para que el todo funcione en su mejor nivel. Es esta lógica la que también fundamenta el concepto de “liderazgo lean”, un enfoque que ve al líder como facilitador, mentor técnico y potenciador de capacidades. En la práctica, significa construir ambientes en los que el conocimiento fluye, los problemas reales se enfrentan en su origen y la mejora del desempeño es el resultado de un esfuerzo estructurado, deliberado y compartido.

En tiempos de alta rotación, transformaciones tecnológicas aceleradas y convivencia entre generaciones con repertorios muy distintos, liderar dejó de ser solo sinónimo de mandar y controlar. Cada vez más, significa estructurar, capacitar y sostener – no por heroísmo, sino por medio de prácticas de gestión inteligentes, adaptables y en constante evolución. Este cambio no es una imposición, sino una oportunidad concreta de repensar el papel del liderazgo y fortalecer las bases reales del trabajo en equipo.

Las organizaciones que comprenden esta lógica tienen más posibilidades de construir una ventaja competitiva sostenible. Al fin y al cabo, las bandas y los equipos ganadores no se forman solo con talento, sino con líderes capaces de activarlo en el momento justo, de la forma correcta y con foco en lo que realmente importa. El liderazgo, en este contexto, no es protagonismo individual — es la responsabilidad de configurar el juego para que el equipo ejecute con inteligencia y de conducir el proceso de preparación que permite a la banda tocar junta, con rigor e intención. En el deporte o en la música, no es la improvisación la que sostiene el desempeño, sino la solidez de la base sobre la que se apoya.

Este artículo fue publicado originalmente en: Época Negócios

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