Estabilidad: la base "invisible" que define el éxito
La falta de estabilidad en las operaciones y en los procesos de gestión puede socavar la capacidad de una empresa para sostener un crecimiento sano y adaptativo, lo que afecta directamente su eficiencia y competitividad. Desde la óptica de la gestión, la inestabilidad genera incertidumbres que dificultan la implementación de estrategias coherentes y comprometen el éxito de la organización.
Las fuentes de inestabilidad en una organización pueden clasificarse en internas y externas, y es esencial entender la distinción entre ellas para una gestión eficaz. Las fuentes internas son aquellas que surgen dentro de la empresa, como cambios de liderazgo, conflictos entre equipos, fallas en los procesos o ineficiencias operativas. Estas cuestiones, aunque desafiantes, están al alcance directo de la gestión y pueden abordarse con intervenciones proactivas, como reestructuraciones, capacitaciones y revisiones de procesos.
Por otro lado, las fuentes externas de inestabilidad provienen de factores que ocurren fuera de la empresa, como crisis económicas, cambios legislativos, innovaciones tecnológicas disruptivas y cambios en las demandas del mercado. Aunque la gestión no tiene control sobre esas fuerzas externas, la capacidad de adaptación se vuelve fundamental para responder con rapidez y ajustar las estrategias a fin de mantener la competitividad.
En ambas situaciones, el papel de la gestión es decisivo, ya sea para mitigar riesgos internos o para adaptar la organización a nuevas realidades externas, fomentando la resiliencia y buscando la continuidad de los negocios. En la gestión lean, utilizamos la perspectiva de las "4M" cuando nos referimos a los elementos fundamentales para garantizar lo que llamamos "estabilidad básica". Las "4M" se refieren a cuatro elementos escritos en inglés: Man, Machine, Material and Method (hombre, máquina, material y método).
De manera simplificada, si cualquiera de estos elementos presenta alguna señal de inestabilidad, el desempeño de la operación en su conjunto podrá verse comprometido. Así, el primer desafío de la gestión es garantizar la "estabilidad básica" de cada una de las "4M". Desde luego, se trata de una simplificación, pues cada uno de los cuatro elementos puede desdoblarse o traducirse en muchos otros, como la información (además de los "materiales"), la digitalización y la IA (como otras formas de automatización asociadas a las "máquinas").
Un estudio reciente de la consultora Gartner, que entrevistó a más de 500 líderes de Recursos Humanos en 40 países, reveló diversas preocupaciones. Entre ellas, destaca la constatación de que uno de los principales factores actuales de inestabilidad se encuentra en las relaciones entre empleados y empleadores. Es decir, una de las "M" parece estar incomodando de manera más contundente a gran parte de las organizaciones. Precisamente la que nos remite a las personas ("Man").
Algunas cifras son preocupantes. Por ejemplo, la controversia sobre la flexibilidad del lugar de trabajo es evidente: solo el 26% de las organizaciones informa que sus empleados cumplen plenamente los requisitos de presencia en la oficina. Además, la ansiedad relacionada con la productividad es una preocupación creciente, ya que casi el 50% de los empleados considera insostenible su desempeño actual. Este escenario se agrava por la desconfianza mutua, ya que solo alrededor del 50% de los empleados afirma confiar en su organización. En conjunto, estos factores ponen de relieve desafíos significativos que deben enfrentarse si queremos garantizar la "estabilidad básica" de la fuerza laboral a corto y mediano plazo.
Las relaciones inestables representan un riesgo significativo para las empresas y exigen una intervención precisa de la gestión. Existen diversos enfoques para mitigar el problema. La gestión lean, por ejemplo, sugiere trabajar permanentemente para asegurar que todos los colaboradores, en distintos niveles y funciones, comprendan con claridad las expectativas y los objetivos de la organización. Además, es fundamental que cuenten con directrices precisas sobre las acciones necesarias para alcanzar esos propósitos y sobre cómo será la contribución de cada una de las partes involucradas. Por último, es esencial que la empresa ofrezca apoyo concreto y práctico para hacer posible el cumplimiento de esos objetivos.
Otra forma de fortalecer la gestión y garantizar la estabilidad es la práctica de la "Gestión Diaria (GD)", una rutina que reúne a líderes y equipos para verificar si las acciones planificadas se están ejecutando según lo previsto. Si hay desviaciones, el equipo identifica las causas y define medidas correctivas. Es en la práctica diaria de la GD donde las demás fuentes de inestabilidad se abordan, se aclaran y se resuelven, de forma transparente y colaborativa, con líderes y colaboradores actuando de manera permanente e integrada.
Para enfrentar estos desafíos, es crucial que los gestores adopten un enfoque estructurante, capaz de proporcionar condiciones reales de estabilidad básica y de fortalecer una cultura organizacional orientada a la resolución de problemas. Establecer expectativas claras, directrices precisas y apoyo práctico son pasos fundamentales para mitigar los riesgos internos y preparar a la empresa para responder con agilidad a las adversidades externas. La construcción de confianza mutua entre líderes y equipos es esencial en este proceso, pues fortalece el compromiso y la cohesión. Transformar estas prácticas en acciones consistentes es lo que permitirá a la organización sostener su desempeño y hacerlo evolucionar con el paso del tiempo.